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martes, 22 de noviembre de 2011

I shame to wear a heart so white...

Ahora sé que la cita de Shakespeare procedía de Macbeth y que ese símil está en boca de su mujer, al poco de que Macbeth haya vuelto de asesinar al rey Duncan mientras dormía. Forma parte de los argumentos dispersos, o más bien frases sueltas, que Lady Macbeth va intercalando para quitarle hierro a lo que su marido ha hecho o acaba de hacer y es ya irreversible, y entre otras cosas le dice que no debe pensar "so brainsickly of things", de difícil traducción, pues la plabra "brain" siginifica "cerebro" y la palabra "sickly" quiere decir "enfermizo" o "enfermo", aunque aquí es un adverbio; así que literalmente le dice que no debe pensar en las cosas con tan enfermo cerebro o tan enfermizamente con el cerebro, no sé bien cómo repetirlo en mi lengua, por suerte no fueron esas palabras las que en aquella ocasión citó la mujer inglesa. Ahora que sé que esa cita venía de Macbeth no puedo evitar darme cuenta (o quizá es recordar) de que también está a nuestra espalda quien nos instiga, también ese nos susurra al oído sin que lo veamos acaso, la lengua es su arma y es su instrumento, la lengua como gota de lluvia que va cayendo desde el aleto tras la tormenta, siempre en el mismo punto cuya tierra va ablandándose hasta ser penetrada y hacerse agujero y tal vez conducto, no como gota del grifo que desaparece por el sumidero sin dejar en la loza ninguna huella ni como gota de sangre que en seguida es cortada con lo que haya a mano, un paño una venda o una toalla o a veces agua, o a mano sólo la propia mano del que pierde la sangre si está aún consciente y no se ha herido a sí mismo, la mano que va a su estómago o a su pecho a tapar el agujero. La lengua en la oreja es también el beso que más convence a quien se muestra reacio a ser besado, a veces no son los ojos ni los oídos ni los dedos ni los labios los que vencen la resisntencia, sino sólo la lengua que indaga y desarma, la que susurra y besa, la que casi obliga. Escuchar es lo más peligroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde. No es sólo que Lady Macbeth induzca a Macbeth, es que sobre todo está al tanto de que se ha asesinado desde el momento siguiente a que se ha asesinado, ha oído de los propios labios de su marido "I have done the deed" cuando ha vuelto, "He hecho el hecho", o "He cometido el acto", aunque la palabra "deed" se entiende hoy en día más como "hazaña". Ella oye la confesión de ese acto o hecho o hazaña, y lo que la hace verdadera cómplice no es haberlo instigado, ni siquiera haber preparado el escenario antes ni haber colaborado luego, haber visitado el cadáver reciente y el lugar del crimen para señalar a los siervos como culpables, sino saber de ese acto y de su cumplimiento. Por eso quiere restarle importancia, quizá no tanto para apaciguar al aterrado Macbeth con las manos manchadas de sangre cuanto para minimizar y ahuyentar su propio conocimiento, el de ella misma: "Los dormidos, y los muertos, no son sino como pinturas"; "Aflojas tu noble fuerza, al pensar en las cosas con tan enfermizo cerebro"; "No se debe pensar de esta manera de estos hechos: así, nos hará volver locos"; "No te pierdas tan abatido en tus pensamientos". Esto último se lo dice tras haber salido con decisión y haber regresado de untar los rostros de los sirvientes con la sangre del muerto ("Si sangra...") para acusarlos: "Mis manos son de tu color", le anuncia a Macbeth; "pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco", como si intentara contaigiarle su despreocupación a cambio de contagiarse ella de la sangre vertida de Duncan, a no ser que "blanco" quiera decir aquí "pálido y temeroso", o "acobardado". Ella sabe, ella está enterada y esa es su falta, pero no ha cometido el crimen por mucho que lo lamente o asegure lamentarlo, mancharse las manos con la sangre del muerto es un juego, es un fingimiento, un falso maridaje suyo con el que mata, porque no se puede matar dos veces, y ya está hecho el hecho: "I have done the deed", y nunca hay duda de quién es "yo": aunque Lady Macbeth hubiera vuelto a clavar los puñales en el pecho de Duncan asesinado, no por eso lo habría matado ni habría contribuido a ello, ya esbaba hecho. "Un poco de agua nos limpia" (o quizá "nos limpie") "de este acto", le dice a Macbeth sabiendo que para ella es cierto, literalmente cierto. Se asimila a él y así intenta que él se asimile a ella, a su corazón tan blanco: no es tanto que ella comparta su culpa en ese momento cuanto que procura que él comparta su irremediable inocencia, o su cobardía. Una instigación no es nada más que palabras, traducibles palabras sin dueño que se repiten de voz en voz y de lengua en lengua y de siglo en siglo, las mismas siempre, instigando a los mismos actos desde que en el mundo ho había nadie ni había lenguas ni tampoco oídos para escucharlas. Los actos todos involuntarios, los actos que no dependen ya de ellas en cuanto se llevan a efecto, sino que las borran y quedan aislados del después y el antes, son ellos los únicos e irreversibles, mientras que hay reiteración y retractación, repetición y rectificación para las palabras, pueden ser desmentidas y nos desdecimos, puede haber deformación y olvido. Sólo se es culpable de oírlas, lo que no es evitable, y aunque la ley no exculpa a quien habló, a quien habla, éste sabe que en realidad no ha hecho nada, incluso si ha obligado con su lengua al oído, con su pecho a la espalda, con la respiración agitada, con su mano en el hombro y el incomprensible susurro que nos persuade.

Corazón tan blanco (fragmento)
Javier Marías

sábado, 15 de mayo de 2010

La historia de siempre...

"Con el producto que le rendían sus escritos, y algunas sinecuras con que lo habia obsequiado el Gobierno, casi vivía conlujo [sic], que es la más imprescindible al mismo tiempo que la más costosa de nuestras necesidades. Adornó su apartamento con muebles Sheraton y tapetes orientales. Se servía con profusión del Agua de Colonia y se manicuraba dos veces por semana. A este propósito se maravillaba de que los políticos que se han desprestigiado tanto ofreciéndoles a las masas lo necesario, no se granjearan una popularidad más sólida y duradera prometiéndoles lo superfluo."



Salamandra - Efrén Rebolledo

jueves, 16 de abril de 2009

Algunas de Platón

Uno de los filósofos más influyentes de la Historia reflexiona así:

El pedante...

Querefón.- ¿Qué le preguntaré?
Sócrates.- Lo que él es.
Querefón.- ¿Qué quieres decir?
Sócrates.- Por ejemplo: si su oficio consistiera en hacer zapatos, te respondería que es zapatero; ¿comprendes mi pensamiento?
Bromance...
Sócrates.- Muy bien, querido mío; continúa como has comenzado, y estate alerta, no sea que la vergüenza se apodere de ti. Y también es precioso, por mi
parte, que no me ruborice. [...]
Callicles.- ¡Qué absurdos dices, Sócrates, y qué hablador eres!
Sócrates.- Pues así impuse silencio e hice ruborizar a Polo y a Gorgias. Tú, a fe que no hay miedo de que te acobardes ni te ruborices, porque eres demasiado valiente; [...]
¿...?
Sócrates.- ¿Bastará que experimente sólo comezón en la cabeza? ¿O es preciso que la sienta en alguna otra parte?
Nihilismo...
Sócrates.- Cuando Pericles comenzó a hablar en público, ¿los atenienses eran más malos que cuando les arengó la última vez?
Callicles.- Quizá.
Sócrates.- No hay que decir quizá, amigo mío; esto es consecuencia necesaria de las
premisas admitidas, si es cierto que Pericles fue un buen ciudadano.
Callicles.- ¡Y bien! ¿Qué significa eso?
Sócrates.- Nada. [...]




Diálogo Gorgias o De la retórica.

martes, 20 de mayo de 2008

El guardián entre el centeno - J. D. Salinger

The Catcher in the Rye - J. D. SalingerEl guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye, en inglés) es una novela escrita por el autor estadounidense Jerome David Salinger, publicada por primera vez en 1951. Salinger narra mediante esta obra un momento de la vida de Holden Caulfield, un muchacho de 16 años que es expulsado del colegio-internado donde estudiaba y decide retardar el regreso a su casa hasta el día en que se supone llegaría para no levantar sospechas en sus padres. La historia transcurre durante los días en que Holden sale del colegio, vaga por las calles de Nueva York y llega por fin a casa.

La novela está narrada en primera persona en actitud de estarla contando a un oyente impersonal (en este caso cualquier lector), con un lenguaje natural y coloquial, lo que hace de la obra que sea más realista y aporte un elemento importante de identidad al personaje, congruente con su edad, procedencia, estilo de vida e ideología. Así, encontramos en el texto de manera repetitiva partículas de reporte de lo dicho por alguien con anterioridad, como dijo o dije; modismos de la época y éstos combinados a su vez con otras palabras o expresiones menos comunes propias de un personaje como Holden, de clase media y que gusta de la lectura y escritura.

Con las características anteriores, el texto comienza con Holden explicando los motivos de su narración. Inmediatamente pasa a contar su historia, que comienza con su expulsión de Pencey, el internado donde estudiaba la secundaria. Holden cuenta con detalle su último día en el edificio, las personas con las que se relaciona ahí y la impresión que tiene de ellas, siendo estos elementos constantes a lo largo de la narración. La mayoría de las personas le parecen hipócritas, convenencieras o irritantes, a pesar de encontrar en ellas algunas virtudes. Tal es el caso de Stradlater, compañero de cuarto de Holden en Pencey y en cierta manera una de las personas que más le agradaba en ese lugar. Stradlater es descrito como un muchacho deportista, vanidoso y agradable, sin embargo, aprovecha su carisma para pedir favores a todo el mundo. Ejemplo de ello es la descripción que pide a Holden haga por él, así como la petición de que le preste su chaqueta para salir con una chica que, por cierto, gustaba a Holden, por lo que las críticas de éste hacia Stradlater se elevan de tono al saberlo.

Al salir de Pencey, Holden toma un tren hacia Nueva York, donde vaga durante unos días, durmiendo en hoteles y viviendo el bajo mundo de la cuidad. Se encuentra en situaciones de violencia, sexualidad, encuentros con conocidos y desconocidos que van y vienen. Observa a través de la ventana del hotel las perversiones cometidas por un hombre, es golpeado por un padrote que le estafa, flirtea con mujeres mayores en el bar del hotel y huye de un intento de abuso (según él) por parte de un ex maestro suyo a quien pidió asilo. Distintos momentos le recuerdan a su familia, en especial a su hermano menor Allie, fallecido al momento de la narración. Hacia el final hace contacto con su hermana Phoebe, quien lo hace desistir de irse para siempre y termina volviendo con ella a casa.

Holden en realidad es un personaje que se siente muy solo, y lo expresa de manera explícita en varias ocasiones a lo largo de la historia. La hipocresía que percibe a su alrededor lo lleva a despreciar y juzgar a casi cualquier persona que se le acerca. Se caracteriza por su tono sarcástico y burlesco en toda situación, igualmente por su tendencia a mentir por diversión, y hasta cierto punto, de manera inconsciente. Sin embargo, son en especial sus hermanos y ciertos personajes circunstanciales, como un par de monjas, en quienes Holden encuentra verdadera humanidad y admiración. Siente predilección por la niñez, a la que tiene necesidad de proteger, pues ve en cualquier adulto corrupción. Esto se expresa en el diálogo que tiene con Phoebe y que da nombre a la novela, en que ésta le pregunta qué es lo que quiere ser:

"¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? […], verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. […] Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno."

Por otro lado, la novela de Salinger es una de las que más censura ha tenido en la historia de Estados Unidos. Ha sido criticada tanto por el lenguaje simple como por la forma en que describe con detalle la realidad del mundo bajo en la sociedad estadounidense. La visión pesimista de Holden ha sido excusa para satanizar la obra, sobre todo al descubrirse que era la lectura de cabecera del asesino de John Lennon. A pesar de todo, hoy en día es uno de los libros más leídos en Estados Unidos, así como de los más estudiados y reconocidos en las escuelas de ese país.

A través de las palabras de Holden Caulfield, este adolescente atrapado entre la niñez y la adultez, se tiene una visión del mundo sarcástica, divertida, pesimista, y a la vez, con destellos de bondad. Sin duda una excelente obra, de las mejores de la literatura norteamericana. La temática es universal y la forma de abordarla puede llevar a simpatizar o a odiar al protagonista, y sin embargo, no se le deja de dar la importancia que merece.